En la ciudad del Noroeste hay una taberna que tan sólo tiene la particularidad de ser una taberna. Sin nombre que la anuncie (¿Para qué, si la mayoría no sabe leer?) se encuentra al final del puerto, un poco alejada del barullo y de las zonas concurridas, ahí en las afueras, como invitando a no acercarse. Aunque por fuera no parece muy acogedora dentro se está bien al calor del fuego y a la luz de las candelas. Y a ella se dirige el falso dios. El Borracho abre de golpe la puerta dando con entusiasmo las buenas noches a los pocos parroquianos que quedan a esas horas. Dos, para ser exactos, uno sentado en la barra y el otro en una mesa al fondo del local, tapado con una túnica negra abstraído de todo lo que ocurre a su alrededor, cegado por su copa de licor. También está el tabernero. El Borracho se avanza por la barra dando tumbos y haciendo muecas con la cara intentando que esta parezca clara y no la de un beodo, aunque la continua sonrisa de felicidad y la verborrea incesante le delatan. Su pelo grasiento, su barbita enfermiza y sus telas piojosas aún le dan un aspecto más desagradable.
-¡Una copa de Mistela!- golpea en la barra.
-De eso aquí no tenemos.-refunfuña molesto el tabernero.
-Pues lo que más rabia le dé.
El tabernero sirve una copa de un licor transparente que el Borracho bebe de un trago disfrutando de cómo el alcohol le quema la garganta.
-¡Pero qué tenemos aquí!- grita el Borracho acercándose al misterioso hombre de la mesa del fondo-¡Un auténtico caballero andante en toda regla! Con su espada enfundada y todo. ¿A cuántas princesas en apuros has rescatado ya? Un caballero de cuento de hadas. ¿O no? ¿No le importará que le acompañe?
El Borracho se sienta delante del hombre, el cual apenas reacciona a la intromisión.
-¡Mesonero, otra de veneno! Que tengo que mantener la compostura. Usted no quiere nada verdad, que ya le veo bien servido. Habla usted poco. No importa, su cara lo dice todo. Tiene pinta de haber estado errando durante un tiempo por las montañas, huyendo de su hogar, de un hogar que ya no tiene y que en verdad nunca tuvo. Es lo bueno que tiene el fuego, que puede hacer que parezca que nunca tuviste nada. ¿No es así?
El Errante lo mira sin decir nada y vuelve su mirada a la copa.
-Sí, dicen que el fuego purifica, pero hay lugares a los que el fuego no puede llegar, y mire que puede llegar a muchos sitios. Pero aquellos lugares que están bien escondidos, en lo profundo, a esos no llega por mucho que se empeñe, o nos empeñemos.
El tabernero trae la copa de licor al borracho.
-No le culpo. Todos tenemos secretos que queremos ahogar y cuanto más intentamos hundirlos más salen a flote. Tenía una amiga que decía que los suyos sabían nadar.- El Borracho sonríe con nostalgia.- Sobre todo por la noche, cuando cerramos los ojos y viene a nuestra cabeza la imagen de nuestra muerte, y te despiertas empapado en sudor.
El Errante vuelve a mirar al Borracho pero esta vez con unos ojos que podrían matar y el Borracho calla unos segundos a la espera de una réplica que nunca llega.
-¡Pero hablemos de usted! Seguro que viene de lejos. Todos los que vienen a esta ciudad vienen de lejos, y vienen a olvidar, pero irónicamente acaban recordando, pues siempre te acordarás de que algo tienes que olvidar. Ya sabe… lo de aquello de que siempre salen a flote…