jueves, 28 de abril de 2011

UNA sola HISTORIA (3ª parte)

La lluvia ha vuelto, con más fuerza y agresividad que antes, como si quisiera ocultar algo. La doncella ha tenido suerte, que aunque más que suerte he sido yo que le colocado en mitad de las montañas y el bosque una confortable cueva. Confortable hasta el punto que un hueco de piedra puede dar sin romper mucho el contexto. Así y todo es bastante grande para que pueda proteger a los retoños y ella pueda descansar tranquilamente. Sorprendentemente los niños no han vuelto a llorar en todo el rato (aconsejable para no abrir sospechas), a pesar de la lluvia, los truenos y el feroz viento que podría arrancar de cuajo los pinos si quisiera. Duermen, plácidamente, a pesar de no haber provado bocado, o gota de leche de teta; como latentes, como esperando su turno pacientemente.

La doncella sentada a su lado se supone que vigila, pero el cansancio la está venciendo y se le cierran los ojos. Cuando ha llegado a ese punto en el que es capaz de quedarse dormida de pie, un rayo cercano, con su correspondiente trueno, jode con un susto la tranquilidad de la cueva e ilumina en la entrada de la misma la silueta de una figura misteriosa. La doncella no puede más que asustarse y coger en brazos a los recién nacidos, que siguen calmados y dormidos, sin ápice de temor, porque no quiero que en este momento estén asustados. Tranquilos, soy yo, que me he presenciado en el relato. Y para los que me hayan visto con mi actual corte de pelo, tal cual gallo de corral, decirles que he adoptado otra forma, la de un anciano de pelo y barba larga, cubierto de harapos y apoyado en un cayado. No me negarán, que es más acorde para aquellos tiempos y parajes presentarse con esta guisa que no como un tío con cresta que no creo que la doncella...

Perdonad la larga interrupción pero a veces estas cosas pasan y me dispersan. De hecho, ahora, con un par de copas de más de Mistela, mi cuerpo está más disponible a entrar en estos mundos blandos por el simple hecho de la mentira.

Estoy sentado en un tronco, enfrente de la doncella que, aún con temor y sin entender, abraza con fuerza a los bebés tríclopes. Le digo que no tema y que me diga su nombre. Me lo dice, pero no me dice de dónde viene. Ya sé de dónde huye. Le pido que me enseñe a los niños y evidentemente se niega si antes no le digo quién soy y que es lo que quiero. Pasaremos por alto este momento para que finalmente me los dé. Es curioso, como mínimo, coger a estos bebés en brazos. Cuando coges a un recién nacido siempre extremas el cuidado, la delicadeza y la ternura. Y gracias a que estos dos son pequeños de verdad casi los puedo sujetar a cada uno en un brazo.... pero cuando los coges (como le ocurrirá a toda persona que a lo largo de este relato se aventure a cogerlos) te recorre un miedo por el espinazo, por si los rompes, por si los rasgas en dos partes. Son siameses, ¿recordais? Solamente unidos por un trozo de carne de sien a sien con un ojo en medio. De hecho no tienen carne de más. Comparten ese trozo de cabeza, ese espacio reservado y ocupado por el ojo, por lo que podría decirse que no tienen sien derecha o izquierda. Sin embargo cada uno mantiene su cráneo y su cerebro, y todo lo demás. Sólo comparten un ojo. Entonces... imaginad la mal sana idea de estirarle a alguien un miembro hasta arrancárselo del cuerpo. Pues ahora pensad que estirais de uno y del otro, solomante unidos por un delicado ojo. Sería fácil separarlos con fuerza bruta, pero qué dolor. Pues ese miedo es el que tienen muchos cuando los cogen en brazos. Por lo demás son bebés normales, con sus piernas, sus brazos, sus manos, sus pies, todo bien contado. Sí es verdad que parece que uno esté detrás del otro. Se ve sobretodo por el hombro, que el de la izquierda lo tiene encima del de su hermano de la derecha. Esto se debe a que si se situaran en paralelo, cuando crecieran, cada uno solo podría sostnerse sobre una pierna. Así que para que los dos a la largan puedan andar, se han dispuesto de esta manera. Esta disposición evidentemente conllevará consecuencias a largo plazo, pero ya las iremos contando.

Por último, le estoy diciendo a la doncella que siga el camino que lleva. Me está diciendo que ella no sigue ningún camino. Pero da igual, le digo que siga, que aunque crea que es al norte donde se dirige por la impresión de las altas montañas nevadas y el frío helado, es en el sur donde terminará. Podría hablaros de la doncella, que es de mencionar. ¡Vaya si es de mencionar! Pero mejor en otro momento. Sólo diré, que ahora sé que su nombre es Hellen. Y aunque tiene muchas preguntas que hacerme, ahora no las formulará. ¡Ah sí! Sólo decirte, que tú, los amamantarás.

lunes, 25 de abril de 2011

UNA sola HISTORIA (2ª parte)

Cuando la comadrona salió de la habitación como si un demonio la persiguiera, no mencionó palabra alguna ni emitió ningún ruido. Solamente miró con unos ojos muy grandes al padre de la "criatura" y a la doncella que en el salón estaban esperando. Y sin ningún intermcabio más, salvo la mirada ya mencionada, salió de aquella casa y nunca más se la volvió a ver.

Evidentemente no podía haber otra reacción de estos dos nuevos personajes que la de entrar con suma curiosidad y temor en la habitación donde había ocurrido el milagro. El primero en hacerlo fue el hombre de la casa, el marido que desde hacía apenas unos mmomentos ya se había convertido en viudo; en viudo y padre soltero; aunque de esto último solo sería el nombramiento, pues la función de padre de aquella anomalía ni nunca le fue destinada ni tuvo intención de cumplirla. Su primera reacción, a pesar de los sollozos ante los que todos esperariamos que acudiera, fue la de dirigirse raudo a su esposa que en cenizo color su piel se había transformado y su cara, vacía de algo que estaba más allá aquí, permanecia sin expresión alguna. El hombre lloró, como lloraría un niño que se ve comprometido en una situación a la que no puede dar explicación, porque no tiene explicación y nadie se la podrá dar nunca. Ni explicación ni consuelo. Le acarició la mejilla todavía ruborizada por el esfuerzo del parto pero ya carente de calor, y apretó con fuerza su mano sin que nadie respondiera al apretón.

¿Qué fue de la doncella? Muy lejos no anda, pues ante la falta de respuesta de su señor, pero la continuidad del doble llanto infantil, asoma timidamente la cabeza sin querer quebrar el aire de la situación. Y los ve allí, un poco escondidos entre las sábanas ensangrentadas, a los dos hermanos unidos que no dejan de bramar. Otro de los milagros que solo la naturaleza podrá explicar cuando se decida a hablar, es el que a la doncella le ardió en el pecho, como le ardió a otras mujeres en el pasado y arderá con leño insaciable del fuego futuro. Las manos en el pecho de la doncella es señal instintiva, de animal, de madre que quiere arropar a la nueva descendencia de la especie, a los cachorros, en sus brazos. Y así hace. Recoge con la extrema delicadeza que solo las mujeres saben ejecutar, a los dos infantes que ante el olor suave de una piel joven se calman y dejan de llorar. Los enrolla bien enrollados en una tela azul, juntos, sin poderlos separar, para que el calor de ambos los defienda de la adversidad que el frío otorga a través de la vida. Habiendo visto la doncella el defecto, o la peculiaridad del nacimiento sin prestarle mayor atención, le enseña sus dos primogénitos a sus señor. Él mira, con los ojos empañados en dolor, y lo único que ve es su figura humana desnuda, con algunos años más que en la actualidad, flotando boca a bajo en el lecho de un río con una soga atada al cuello. Los ojos muertos que quieren salirse de las cuencas y escapan por la frente, la lengua fuera de su cueva y empapada en tinte azul y su cara hinchada y mohosa le hacen gritar:

-¡Ahógalos en el río! ¡Llevatelos de aquí! ¡Ahógalos en el río! ¡No tengo hijos que pisarán esta casa!

La doncella asustada corre. Sale de la casa. Se aleja. Huye. Se va, sin pensar en otra cosa que en el miedo que le ha provocado la ira y la locura de su señor, que golpea y destroza los muebles, sin dejar de repetir sus viscerales palabras, como si de un rezo satánico se tretará, oyéndose su eco por las esquinas de cada calle de la aldea.

Cuando la doncella se encuentra ya bien lejos del hogar, iluminada por una radiante luna a la que la tormenta ha dado un respiro, si en ese momento, se hubiera girado a contemplar, hubiera visto, en la lejania, en el lugar del que ha huído, una columna de humo más alta que las montañas, provocada por el fuego inesperado y nocturno en el que se están conviertiendo las maderas de la casa en la en la que otro tiempo sirvió y que nunca más recordará. Pero... el recuerdo de la sensación, de unos pinchazos recorriendo su espalda, que aunque molestos algo gustoso hay en ellos, no le dejarán olvidar que algo inconfesable ocurrió en aquella casa.

viernes, 1 de abril de 2011

UNA sola HISTORIA.

Quien quiera creer mi historia que la crea, quien no, tampoco importa. Esta historia paso de mis abuelos a mis padres, de mis bisabuelos a mis abuelos. No dejen que la incredulidad ni lo que hayan podido oír les confuda. El amor, el rechazo, el odio y el terror corren por las venas de este drama y por encima de todo, la fe en la autentica verdad y en la confianza de la amistad. No somos más que instrumentos al servicio del destinio. Nos encontramos en una aldea olvidada por todos, en mitad de las montañas balcánicas, un lugar que todo el mundo aledaño dirá que nunca exisitió y que los que pasaron por allí nunca volverán a recuperar la cordura. De ella solo quedan, cuatro piedras. De ella solo se acuerda la hierba. Solo queda, la niebla. Pero hace tiempo atrás, mucho tiempo atrás, aquella era un aldea de la que simplemene se podría decir que era florida, por todo, por su economía y por su entorno. Pero hoy, hoy es una noche gris y tormentosa, de relampagos y fuegos en el aire. Ellos mismos acallados por los gritos de una cabaña, en la que una mujer hace lo que otras han hecho durante siglos: parir. La comadrona le grita que empuje con más fuerza, mientras las sábanas se empapan de rojo. Más fuerte empuja la parturienta, más le insiste la comadrona. Hasta que un grito desgarrador que desquebraja el cielo en una gran grieta luminosa, pone punto final al momento. La tormenta ha cesado. Todo permanece en silencio. La madre, ha muerto sin decir más que ese último grito que ha desencadenado el mal en la tierra. La comadrona se lleva las manos a la boca, contemplando al niño que ha dejado caer al suelo pues la simple visión la ha aterrorizado. Unos de los ojos del niño la mira fijamente. Algo se estremece en la cabeza de la comadrona que sale histerica de la habitación. Pocos días después la encontrarán despedazada en mitad del camino por una jauría de lobos. El recien nacido llora pero... algo estraño hay en el aire de la habitación y en la primera múscia del mundo. No se oye un llanto, se oyen dos. Sobre las carcomidas tablas del suelo, todavía unido al cordón umbilical, a dos cordones, el niño se desahoga en llantos prenatales. El niño, los dos niños aún no pueden abrir sus ojos, y estremecen sus manitas y sus pies en arranques espasmódicos de frío. Pero los niños solo tienen un ojo cerrado. El otro sigue abierto, por otro decimos, solamente el otro. Siameses, de la más extraña variedad. Unidos, como están siempre los siameses, pero esta vez, lo único que los une, lo único que comparten, es el ojo derecho, o el izquierdo según como se mire. Un único ojo para dos cabezas, para dos personas, para dos neonatos. Un ojo siempre abierto, que nunca duerme, que ve, que hace ver a los demás...