Hoy hace más frío que ayer y sigo sin poder ponerme guantes. Además dicen que es el día más triste del año por no sé que formula matemática. Pero eso yo no lo sé, porque no he visto la televisión en varios meses. Sigo en la calle. Estoy cansada de andar y mirar al suelo, pero si me siento en un banco tengo miedo de sentir lo que han sufrido otros que se han sentado. Así que me quedo de pie. La herida que tengo dentro, cada vez se hace más grande. No sé si es por el clima, no entiendo cómo funciona, pero a veces noto que late como una herida enrojezida. Me miro las manos que hace días que no les presto atención. Están mas negras que la última vez. Mis uñas han perdido el brillo que tenían antes. Este don me está quitando toda la vida. Tengo la piel tan cuarteada que no se diferencia el punto en que empieza mi roñoso abrigo y el inicio de mis manos. Me duelen, y el frío hace que sea insoportable. Hecho de menos poder lavarlas con agua, con agua caliente y cristalina. Pero tengo miedo del agua, tan cargada de sentimientos, de sufrimientos, de historias de dolor que la gente se desprende de ellas cuando se ducha. El agua purifica, sí, y yo purifico el agua de su dolor.
Un chico se ha sentado en la terraza a tomarse un café y escribe algo. Voy a acercarme a él.
-Perdona, no quiero molestar, pero podrías ayudarme un poco por favor.
-Lo siento, pero tampoco es que vaya muy sobrado.
-Ya gracias. Me podrías dar un cigarro.
Tengo hambre, muchísima hambre, pero prefiero fumar, contaminar mis pulmones para taponar la herida y no alimentarla. Además, hecho de menos el sabor de la nicotina.
-Sí por supuesto.
Casi caigo en mi propia trampa. El chico coge uno de los cigarros y lo saca un poco del paquete.
-Pero no lo toques por favor, es que no puedo tocar nada que hayan tocado los demás.
El chico me mira extrañado. Es normal, le he dicho más de lo que debería. El chico, sin tocar los cigarros, golpea el paquete por la base para que salgan. Y consigo cogerle un cigarrillo sin que él lo toque. Y le cuento porque no puedo tocar nada que él haya tocado. Le cuento la herida que ha nacido dentro de mí y como me ha dejado las manos como las tengo. ¿Por qué lo hago? No sé, me está escuchando. Finalmente el chico me desea buena suerte. No me da fuego porque no tiene y me voy a un rincón de la plaza para quedarme de pie.
El relato me da la imagen de esas personas enagenadas mentalmente que vagan erráticos por los parques y callejones de la ciudad viviendo su propio mundo, su realidad paralela.
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