Como
resuenan los martillos en el frío de la noche… porque… debe ser de noche. Una
noche larga, muy larga, demasiado larga. No entiendo por qué el sol no ha
salido todavía, ¡y tanta negrura, tanta oscuridad… cae con aplomo sobre mis
poderosos hombros! Me hace cobarde, me hace temeroso, y no me pregunto dónde
estoy, porque, no puedo preguntármelo. Un gusto metálico, de bronce viejo,
excitado, de la mano de una cascada de piel temblorosa, se queda pegado en el
paladar de mis oídos, como fantasmas olvidados berreándome un aviso; un
aviso que no entiendo. Si no es de noche, al menos es oscuro y fresco, pero
hace un momento, un largo momento, era placentero sol bajo la sombra de un
árbol viejo. Delante de mí, de par en par, se abre una luz cegadora que inunda el
angosto espacio: -la salida- supongo, -el campo- espero; y mis patas
delanteras, inquietas, no aguantan más en este cautiverio; pero mis
cuartos traseros, incrédulos, reculan torpemente chocando contra una pared de
metal. Mis pezuñas, contra el débil acero, no son rival para los atronadores
martillos cuyo sonido, al abrirse la puerta de luz, ha aumentado de sabor
metálico a presión aplastante que cruje mi cráneo. Sí, es la única salida, pero
no veo lo que hay más allá de la luz, y sigo sin poder preguntarme dónde estoy.
Una
punzada seca, desde las alturas, intensa; una picada aguda que se regodea
durante un par de segundos en mi espalda, y deja entre mis escápulas, un
pequeño agujero del que emana sangre fresca. Del agujero, algo cuelga, algo se
ha quedado enganchado a mi piel, algo que apenas se mueve por el trotar de mis
patas. Está bien cogido, y no hay manera de quitarlo, no hay extremidades en mí
lo suficientemente largas como para deshacerme del insistente intruso. La
herida es superficial, pero escuece con rabia. No me esperaba para nada esta
repentina
, que me saca del sopor de mi miedo y me hace salir disparado, encabritado,
con los pitones por delante; y sin darme cuenta, me veo engullido por el
intenso resplandor que viene de la salida. No veo nada, absolutamente nada,
solo luz, y embisto el aire en busca de un enemigo invisible… Pasa un segundo,
dos… corro hacia mi derecha persiguiendo el débil rastro de un olor joven y
poco conocido… Tres… mis orejas buscan como locas el origen de los
ensordecedores martillos; pero los martillos, vienen de todas partes… Cuatro…
cabeceo con ímpetu para deshacerme del incómodo blanco de mis ojos... Y cinco…
la luz se disipa lentamente; por fin el mundo se deja ver ante mis ojos; pero,
hay demasiado aire, demasiado espacio a mi alrededor; espacio ocupado por el
arenisco polvo que mis patas han levantado. El trote ha sido corto pero
intenso, y un jadeante sudor empieza a recorrerme la venas. Me detengo, y mis
abombados ojos escudriñan el paisaje; por delante, a los lados, hacia atrás…
Una montaña de piedra, terrosa, de alaridos acompasados, me rodea por completo
y no veo ninguna escapatoria. Todo
lejano, todo desenfocado, pero hacia mí, una figura silenciosa de tallo fino y
largo, enjuto árbol engalanado en una corteza de agua chispeante, se acerca
cauteloso; y tan cerca se halla, que consigo distinguirlo como al más tierno de
los brotes; pero tanto se acerca, que vuelve a convertirse en una borrosa línea
amenazadora; y aunque no huele a árbol, despliega un espeso ramaje, frondoso,
bajo; de caduco color castaño, que arrastra por los pies, por los lados,
lamiendo la arena yerma, con nostálgico lamento… Nunca vi, árbol igual.
Lo que era fino tallo, ha aumentado de tamaño y ahora es casi más grande que
yo. Me amenaza y me gruñe; tiembla su aleteada copa e intenta golpearme con
ella; me ataca, lo embisto de frente, pero es más rápido que yo. Me esquiva,
retrocede, vuelve a provocarme, no ceja en su empeño, incluso vuela por los
aires, e intento cornearlo en su ascenso. Sin saber cómo, me ha hecho rodearlo
por completo, pero le he herido de muerte, y desaparece; vuelve a ser fino
tallo que se aleja.
Suenan
con ímpetu renovado los martillos en el aire, martillos de muerte. Tengo
que parar un segundo para tomar aliento y levantar con la pezuña el polvo que
cubra mi siguiente embestida. Ha muerto el árbol, pero quizás el peligro no. La
boca me sabe a tierra, y aunque el sol es cegador, dependiendo de cómo lo
mires, es un sol de tarde que calma los instintos. La poca sangre de mi herida,
todavía ocupada por el afilado intruso, empieza a resecarse en una mezcla
pegajosa de sudor, arena y sangre; y si antes no podía preguntarme dónde estaba
–y sigo sin poder preguntármelo-, ahora, además, no puedo preguntarme qué está
pasando.
Un
nuevo adversario; esta vez una bestia, no un árbol; y su olor es muy parecido
al mío, pero en él se palpa más contundentemente la sustancia del miedo. La
bestia y el árbol van de la mano; monstruo de pesadilla envalentonado, y
yo, a mis miedos, los ataco. Mis nervios encrespados no me dejan pensar claro,
nunca he sabido hacerlo, yo solo entiendo el lenguaje de los cuernos. No me
mira ni ataca, solo me espera de lado, ciego y mudo, y su larga vara me
grita. Me lanzo a trote ligero, acelero, y clavo las puntas de mis armas en su
gruesa piel acolchada. La colisión es contundente y rápida, y en mi espalda
siento una nueva punzada, cerca de la anterior, que, más que punzada: puñalada,
y la siento en mi lomo como un asta clavada. Esta no es como las bestias de mi
casa: no berrea, no dice nada; no me embiste, no se defiende… tan solo aguanta
con estoica perseverancia el empuje de mi estocada. Y ahí estamos los dos: bestia contra bestia, empujando el
peso de carne regia, sin embargo, la herida, sigue en mi espalda. Mi afilada
cornamenta no es capaz de atravesar su curtida coraza. Tampoco vi ni
ataqué bestia igual. Me sigue hiriendo con insistencia, perforando la carne en
un solo punto, parece que lo haga a conciencia, lo que encabrita más mi
espíritu, y, viendo que no habrá ni vencedor ni vencido, que aquí soy yo el
único herido, dejo de embestir, y desisto.
El
árbol vuelve con colores aún más vivos; y no sé si es el mismo árbol renacido o
uno nuevo que ha venido a ayudar a la bestia; pero su ramaje bajo, ese que degusta
con paciencia el sabor de la arena, ese que increpa con descaro mi hocico y
tiembla con mis bufidos, ese que… molesta y persiste, realiza en su ataque los
mismos movimientos de antes, sin embargo, estos, son distintos. El empeño de mi
corneo y la intensidad de mi cabeceo es siempre el mismo; nunca he sabido
dosificar mi energía, nunca he sabido que es eso, pues en la lucha no hay
término medio: o lo das todo hasta que ves a tu adversario muerto, o aguantas
su bravura hasta que uno de los nuestros detiene la pelea; pero aquí estoy yo
solo, sin antiguos compañeros de juego, y rodeado de un martilleo que cala
hasta los huesos. Aunque mi empeño sea el mismo, mis fuerzas han empezado a
abandonarme; y esta nueva herida es más profunda que la anterior, y más grande,
y en silenciosos borbotones, sin pausa, la sangre todavía caliente mancha la
curvatura de mi lomo. Este maldito no se está quieto, y me está poniendo muy
nervioso. No me hiere como los otros, pero no deja de acercarse; y mis reflejos
me traicionan, o es que son más listos que yo, y cuando la copa caída del árbol
tiembla, mi cabeza reacciona al temblor, responde al movimiento y se prepara
para el peligro; pero como el árbol no ataca, mi cuerpo tampoco lo hace. Y
cuando se frota con burla contra mi hocico, sin apenas pensarlo, mis cuernos
salen por delante. Cuando voy a embestirlo se aparta, huye, no me planta cara,
y sin embargo siempre vuelve a por más. Está consiguiendo lo que quiere –si es
que es esto lo que quiere-, y cada vez me pone más tenso, torpe. Mis ataques se
vuelven vagos y poco certeros, y tal es el caso que, me confunde y me ciega por
unos segundos, y mis pezuñas ya no responden como antes, ya no responden tan
bien, y tropiezo con la arena dando con mi morro en el suelo. No ha sido un
tropiezo mortal, pero está claro que estoy cansado y las fuerzas empiezan a
fallarme, pero tengo que continuar, no puedo dejarlo. Mejor me quedo quieto
ahora que el árbol se aleja. Lo he vuelto a vencer; y el trepidante martilleo
pierde fuerza dentro de mí, a la vez que se funde con el sonido hueco de mi
respiración, resonando con temblor por todas las cavidades de mi cuerpo.
Aquí hay más de uno, y no me refiero a la
bestia que hace ya un buen rato que huyó, sino a que hay más de un árbol; y
cuando, creía que era el mismo el que una y otra vez me increpaba y me
amenazaba, y nunca se cansaba en su empeño, en verdad eran varios lo que me
tenían y me siguen teniendo acorralado. Ahora, ni se mueven ni se
acercan. Los veo por los lados y se mantienen en la distancia, a la espera, y
un nuevo árbol, endeble y escuálido, con andar de gallo, aparece y se detiene
delante de mí, lejos, también a la espera. Está muy lejos, por lo que no supone
ni una amenaza ni un peligro, pero por si acaso, mi cuerpo, se prepara para
cualquier cosa. Es así, es mi instinto, no soy confiado, y puedo oler el dolor
y el miedo. Aunque no hace calor, mi cuerpo está caliente, ruborizado por la
sangre que corre por las venas de cada uno de mis rincones. El sudor forma una
fina película que cubre mi piel, y mi corazón, bombea con fuerza, y noto el
latido desesperado de las heridas de mi lomo; entonces, el endeble árbol,
levanta sus pitones. No tiene ramaje como los otros, sino dos largos y finos
cuernos que me miran atentos; e intentan clavarse en mis ojos para humillarme.
El árbol se ha vuelto agresivo, y no tengo más remedio que atacarlo antes de
que él lo haga primero. Corre hacia mi con sus armas bien altas y
desenfundadas, yo, con las mías por delante dispuesto a vencerle como he hecho
con tantos otros; y nadie puede evitar el inminente choque, y si alguien lo
hiciera, saldría mal parado. Lo tengo a solo dos zancadas de mí, y no va a ser
difícil de abatir, pues no es robusto ni grande, aunque no por ello menos
peligroso y valiente, pues no duda en correr, y no se detiene, pero cuando
nuestros cuerpos se van a encontrar, se aparta, ágil y rápido, y ¡Agh! Huye
corriendo, cobarde, y deja sus flechas en mi espalda. Le persigo
para darle su escarmiento. Me ha herido y no sé cómo. Corre el árbol y consigue
esconderse, y mis patas cansadas lo dejan huir. Una nueva herida en mi
escarmentado lomo que ya no puede aguantar más. Más sangre que antes, mucha más
sangre que no tiene tiempo de secarse. Corro y corro para deshacerme de los
cuernos que el árbol ha dejado bien clavados en mi piel; pero el trote no sirve
de nada, a cada nueva zancada la herida se hace más grande, y la carne se
desgarra, y no deja de sangrar. No sé ni dónde, ni qué, ni a qué, ni para qué,
ni cómo lo hacen, pero ya no aguanto más, y lo único que quiero es tumbarme,
descansar, dormir bajo la sombra de un buen árbol y dejar que mis heridas se
curen; pero para ello, tengo que salir de aquí y no me dejan en paz. Y vuelven
los martillos, y vuelve mi hueco respirar, y vuelve el árbol. Mi boca reseca,
ahogada en espuma agria, no es capaz de contener mi lengua; no me queda aire
con el que berrear. Esta vez no se lo piensa tanto, y con los cuernos también
en el aire –quizá unos nuevos, quizá los mismos que hieren mi espalda-, me
grita y me encara. Y yo sigo sin saber pensar, ni dosificar mi energía, y corro
hacía él. El enemigo no está abatido ni la pelea ha terminado, y vuelve a
ocurrir lo mismo de antes: lo embisto, se aparta, me clava sus cuernos, y huye
corriendo; pero esta vez no lo persigo. Aprovechan el momento de mis heridas y
despliegan su ramaje bajo, y me atacan todos a la vez. Es una danza
torpe y ridícula, no sé a cuál de todos embestir y a todos los ataco, y
sin embargo a ninguno de ellos consigo abatir… Martillos más fuertes que ya ni
siquiera me importan. Solo suenan y adolecen mi cabeza; me mantienen asustado
en una pelea que no creo que pueda ganar, pero no por ello mis patas dejan de
correr.
Por
un momento me quedo solo. Y aunque algo dentro de mí ya me ha abandonado, corro
contra las esquinas de mi cautiverio buscando, atacando, buscando algo a lo que
atacar, o un lugar donde esconderme, pero no hay esquinas en esta pradera donde
poder ocultarme; y suelto una remesa de rabia y dolor contenido en un intento
final por vencer, por escapar, e irremediablemente me canso. Me canso de
embestir el aire, de correr sin principio ni final, ya no me importa ni
dónde estoy ni qué está pasando, solo quiero irme de aquí, huir, y correr lo
más lejos posible.
De
repente el silencio lo inunda todo. Todo queda en calma. Ya no queda nadie, tan
solo el árbol y yo, y su ramaje, quizás este más pequeño y marrón que antes.
Los cuernos del anterior árbol todavía retumban en mi cuerpo. Cuando intento
atacar suben y bajan queriendo escapar de mí, y en su huida, quieren llevarse
con ellos un buen trozo de carne de mi costado. Respiro con todo el cuerpo, con
las patas, con las tripas, con el cuello… pero ellos siguen mordiendo
incansables, insoltables, inconsolables…
Una lengua de agua de plata me mira; fijamente clava su mirada temblorosa, y en
una espera infinita levanto el polvo de mis patas… El árbol me grita una vez,
me grita dos veces; no necesito nada más y, corro hacia él mientras su ramaje
intenta asustarme, pero yo no me dejo intimidar, y el muy cobarde vuelve a
huir; pero, un dolor insalvable me atraviesa de arriba abajo; me atraviesa la
piel, la carne… y mis órganos se constriñen con el vibrante baile de la lengua
de plata dentro de mí. Los martillos lo dan todo por reventarme los oídos. Yo
no me estoy quieto corneando al enemigo ignorante que es el aire, ella, con
cada sibilino andar, me corta aquí, me corta allá, y ya no veo al árbol, el
árbol está dentro de mí. Algo dentro de mi pecho, caliente, empieza a
inundarse. Un borboteo ronco sale de mi boca, y por un momento, ni veo ni oigo
ni siento nada. Y entonces, una contundente cascada de sangre brota de mi boca;
viene de lo más profundo de mí, de dentro de mí, y ensucia mi morro, mi hocico,
por el que caen hilillos espesos de sangre, y reseca las comisuras de mis
labios, embebidos en la sustancia pegajosa que es mi saliva, saliva fugitiva
por un lametazo de agua. Huele a hierro, sabe a hierro, se oye a hierro. A mis
patas se le han olvidado lo que tienen que hacer, y el afilado intruso sigue
dentro de mí, ha venido para quedarse, y mis pezuñas ya no soportan mi peso y
caigo desplomado con toda mi panza sobre la húmeda arena ensangrentada con la
sangre de mi espalda, de mi boca, de dentro de mí. Intento levantarme alzando
la cabeza y los cuernos, pero la lengua de plata me empuja contra el suelo; y
en cada cabeceo intento robarle un poco más de aire al aire. Lentamente quedo
de lado, cansado, muy cansado, y mi respiración ya no es respiración, es
borboteo, gorgoteo, vómito de sangre… Que terminen ya.
Y
una última punzada, seca y certera, en la nuca, mucho más dolorosa que todas las demás, que
me convulsiona el cuerpo y hace que un
extraño escalofrío me recorra la piel… Mi pata
trasera, se… convulsiona, histérica, espasmódica, sin control, y no la puedo hacer parar. Los martillos… crecen para poco a poco desaparecer. Ya no oigo nada, ni siquiera el borboteo de mi respirar. Vuelve a abrazarme el frío de la noche. Mi cuerpo se inunda de un
asfixiante dolor. No entiendo, no
pienso… Mi pata trasera
ha muerto, los martillos se han callado, y no siento nada, tan solo el blanco resplandor en que se ha convertido el cielo, y.
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