sábado, 2 de julio de 2011

UNA sola HISTORIA (La ciudad de los olvidados)

LA CIUDAD DE LOS OLVIDADOS.

La Ciudad del Centro del Mundo celebraba todos los años el aniversario de la muerte de la Reina Melliza con una gran fiesta en su honor. Engalanaban toda la ciudad con elegantes bailes y banquetes populares, pasacalles, disfraces… Todo lo necesario para conmemorar la grandeza y sabiduría de su difunta gobernanta, así como el sacrificio que tuvo que hacer por conservar la paz del reino. Cuando la hija de la Reina Melliza tuvo su primera menstruación, fue coronada Suma Reina de todos los reinos y su madre le había dejado en herencia un reino pacífico, por lo que los problemas a tratar no fueron muchos. La nueva Reina Adolescente participaba con gran placer en estas celebraciones dedicadas a su madre, e incluso llegando a ser una gran devota hacia una fiesta que consagraba a su madre casi como una mesías, una santa. La fiesta finalizaba con una impresionante procesión de todos los ciudadanos hacia el Lago de la Lágrima en la noche en la que la reina saltó de la cascada. Una vez allí, cada uno depositaba un candil flotando en el agua que la corriente se llevaba. La imagen era sobrecogedora, pues parecía que miles de lágrimas de fuego lloraran sobre el lago.

Todos sabemos, o al menos lo hemos vivido, que a estas edades las hormonas juegan malas pasadas. Más que malas, pues no podemos juzgarlas, las hormonas van por un lado y el individuo por otro. Y por ello, a la Reina Adolescente le llegó un momento en que se le hacía insoportable la responsabilidad de ejercer el poder en el reino, sabiendo, por las historias que le habían contado, de qué manera había conseguido llegar ella al poder. No había conseguido gobernar el Reino de la Tortuga de Dos Cabezas por meritos propios como había hecho su madre, sino que, para que ella reinara, primero tuvieron que morir dos inocentes y cometerse un suicidio. Aquello hacía sentir a la Reina Adolescente infravalorada y una intrusa. Crecía en ella una conciencia sucia, casi envidiosa. No había hecho nada por ganarse aquel puesto ni aquel reino, mientras que todas las alabanzas corrían hacia su difunta madre, y aquella idea le atormentaba. Ella sabía que podía ser una gran reina como lo había sido su madre, pero para ello, primero tenía que borrar todo recuerdo en la mente de sus súbditos de la madre que nunca conoció. Y así fue como se prohibió de repente la fiesta que conmemoraba la muerte de la Reina Melliza. Pero eso no fue todo: toda imagen, credo, rezo, canción, baile… vamos… que cualquier motivo que pudiera recordar tanto a la Reina Melliza como a la historia que envolvía la muerte de sus hermanos sin nombre fue prohibido. Fue decreto real y se acató; y todos los ciudadanos pudieron ver como el recuerdo de una gran monarca se perdía en columnas de humo negro que el aire disipada y en las piedras picadas que antes contenían imágenes. De la noche a la mañana todo un pasado había desaparecido como si la ciudad en verdad hubiera aparecido de la nada, y si algo nunca existió se olvida, aunque más bien no se puede recordar porque nunca existió, y no existe porque no se recuerda.

Pero cuando se prohíbe algo, siempre surge el aliciente de saltarse la prohibición y por ello un pequeño grupo de insurgentes se opuso a la medida. Seguían venerando a la Reina Melliza en la clandestinidad, adorando y aprendiendo de sus supuestas enseñanzas. Pero desde el interior de sus hogares se iban uniendo cada vez más y más devotos como si de una moda pasajera se tratara, recuperando y manteniendo vivos los recuerdos olvidados. Al principio el poder monárquico no hizo nada ya que se trataba de un grupo reducido que apenas hacía ruido a pesar de que todo el mundo conocía su existencia, pero poco a poco empezaron a movilizarse y a exigir públicamente lo que ya se había convertido en una religión en torno a la Reina Melliza. La masa comenzó a ser belicosa y se tomaron medidas. Los primeros en caer fueron los líderes del grupo bajo el filo de un hacha, en mitad de las plazas para que todo el mundo viera las consecuencias. Una vez cortada la cabeza, el grupo estaba desorganizado y su única posibilidad era dejar su devoción o dejar la ciudad, en cualquier caso había que dejar algo, sino todos acabarían muertos. Una gran migración tomo rumbo hacia la Ciudad del Noreste huyendo de las huestes reales que tenían la orden de matar a todo aquel que mantuviera la creencia de la Reina Melliza, y que podían ser reconocidos por los símbolos en forma de lágrima que llevaban.
¡Qué bien sienta sentarse un rato a escribir y olvidar, POR UN MOMENTO, todos los problemas!

Las tropas de la Reina Adolescente estaban cerca de alcanzar a los sublevados que habían escapado, por lo cual, el grupo de creyentes tuvo que desviarse por las montañas siguiendo un camino que todavía no existía en el reino pero al que ellos darían nombre: el camino de los mellizos; pues mellizos fue como se les llamaría a los devotos de la Reina Melliza. Durante cinco años vagaron por las montañas evitando las patrullas de intenciones redentoras, pero cuando el clima de tensión se hubo calmado, los mellizos crearon un asentamiento en un claro escondido en mitad de las montañas. Allí levantaron una gran estatua en honor a la Reina Melliza, representada con la palma de una mano boca abajo en señal de dar justicia a su reino y la otra palma boca arriba en señal de recibir la benevolencia de su pueblo. Alrededor de la estatua, el pueblo de los mellizos asentó sus hogares. Pero de todo aquello ya solo quedan piedras con musgo y ramas secas. Durante tanto tiempo en la clandestinidad el pueblo de los mellizos acabó separándose en opiniones. Por una parte los viejos y cansados de la vida, que habían pasado toda su vida huyendo preferían quedarse en aquella comunidad que no molestaba a nadie y nadie les molestaba a ellos. Sin embargo los más jóvenes y de espíritu más fogoso no querían permanecer escondidos y juraban venganza a la caprichosa Reina Adolescente amparados por la sabiduría de la Reina Melliza. Así pues, este renovado grupo de insurgentes abandonó las montañas y se asentaron en la ciudad del Noroeste. La persecución a los infieles ya había terminado y aún podía verse algún vestigio muy olvidado por algún rincón del reino. Además las tropas de la Reina Adolescente estaban enfrascadas en las Guerras Lupinas y tenía ocupado a todo el ejército. En esta situación el pueblo de los mellizos no tuvo ninguna dificultad en asentarse en aquellas tierras, y de hecho ganaron tantos adeptos a una fe remota y recuperada que rápidamente se hicieron con el control de la ciudad infiltrándose en cada estrato gubernamental o esfera de poder desde el cual movían sus hilos. Poco a poco y a espaldas del reino fueron haciéndose fuertes y organizados, creando un ejército eficiente para un ataque final contra la Ciudad del Centro del Mundo que hiciera caer a la Reina Adolescente, aunque el paso del tiempo ya había arrugado su cara y blanqueado su pelo. Pero, días antes de que las tropas mellizas partieran a su irremediable destino fueron traicionadas. Lo tenían todo listo y preparado para re-andar el camino de los mellizos y atacar por sorpresa cuando fueron ellos los sorprendidos siendo sitiados en la ciudad del Noroeste por el ejército de la Reina Adolescente. Realmente las fuerzas estaban equiparadas y ambos bandos tenían buenos hombres. El hecho de que las persecuciones a los rebeldes hubieran menguado porque ya no los consideraban un peligro, había hecho, irónicamente, que estos crecieran y constituir un peligro de verdad. Finalmente el corte de alimentos y suministros por el sitio de la ciudad, hizo que los soldados mellizos depusieran las armas sin ni siquiera tener ocasión de probar la sangre de la batalla. Y de esta manera, un pueblo entero, desapareció; y aunque no hubo un saco de cincuenta monedas sí que hubo un Judas que nadie conocía y del que no sabían los motivos, pero conllevó la caída del pueblo de los mellizos. Probablemente sea al que ellos llamen Dios, aunque él no lo sea y sólo sea un creador.

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