sábado, 4 de junio de 2011

UNA sola HISTORIA (8ª parte)

Los niños duermen en una cama en la buhardilla, bajo la atenta mirada de la doncella, la cual a su vez, también parece estar vigilada por el atento ojo que nunca duerme. Pero a Hellen no parece importarle. Se la vez feliz y contenta de tener a los siameses sanos y bien protegidos en casa de su Tío. Hellen cose despreocupada unos remiendos en su falda ajada por las cortas vicisitudes que vivió en las montañas. Introduce y saca la aguja con firmeza certera mientras el hilo se desliza sensualmente entre la tela. Y tan despreocupada se la ve, que sin darse cuenta, se pincha la yema de un dedo. Un quejido ridículo, pues el dolor no es tan grave, y una simple gota de sangre que brota del punto que es la herida, como si la yema estuviera a rebosar y solamente le sobrara esa única gota. No le asusta ni le repugna la sangre, tan sólo la lleva a un recuerdo. Sentadas al abrigo del fuego, la doncella y la Señora de la casa (la antigua casa en la que servía) tejen y cosen diferentes prendas. De la caja de sastre la Señora coge una aguja sin intención de coger una en concreto, pero así y todo, coge aquella que en la cabeza tiene dibujada de manera exquisita un pavo real con la cola abierta. Una aguja que solo sirve para sujetar pliegues en los vestidos. La única aguja con la que la doncella, al verla, le recorre un calor y un miedo que va desde su sexo hasta la coronilla por el interior de su cuerpo. ¡Qué casualidad! La Señora también se pincha con ella, pues igual de despreocupada parece que está como lo estará la doncella en un futuro. Y también, una tímidamente gota de sangre asoma. Aunque ellas no lo saben, de esta manera, a través del pinchazo, lo que había concebido la doncella y el Señor de la casa, ahora terminará gestándose en la esposa de este. La doncella hace ademán de levantarse para ir a buscar café molido y coagular la herida; y aunque en su recuerdo hace el mismo acto, la Señora la detiene y se cura la herida llanamente chupándose el dedo, como ahora ella hace. -No te levantes. Aunque me trajeras el mejor remedio del mundo no lo aceptaría de ti.- La doncella sorprendida por la acusación vuelve a sentarse entendiendo que la traición ya se ha gestado. –Mi marido me lo ha contado todo. –La Señora sigue cosiendo, como sin nada.- ¿De verdad creías que se iba a escapar contigo? Por favor, deja de creer en historias de príncipes azules y amores redentores cuanto antes. Te irá mejor en la vida. ¿Qué puedes ofrecerle tú? Dime, ¿qué puedes ofrecer? ¿Paños sucios? No eres nada comparada conmigo. Eso lo sabemos tú y yo, pero parecía que es estúpido de mi marido no. Has sido su juguetito, su entretenimiento pasajero. Sí, su divertimento.- La doncella no puede seguir trabajando ante lo que oye, y la Señora, ni siquiera se digna a mirarla desafiante. Ha ganado, y lo sabe. –Ya se ha divertido bastante contigo jugando a los amores prohibidos, a los besos a escondidas y en planes de fuga guiados por un amor capaz de romper montañas.- La Señora no puede otra cosa que reír ante sus propias palabras. –Sí, me lo ha contado todo. Y no creas que te has salvado de un castigo porque te esté hablando con esta tranquilidad. Tendrás tu castigo, eso no lo dudes. Pero por ahora… sólo me servirás a mí, y no podrás acercarte al Señor a menos que yo te lo permita. ¿Entendido? Estarás conmigo todo el día, y las noches las pasarás en el sótano.- Dicho esto la Señora ni siquiera pregunta si la doncella tiene algo que decir o preguntar. Para qué, si ya está todo dicho. Ambas mujeres siguen con sus labores y nada más se dijeron entre ellas. Todo había quedado claro, piensa Hellen mientras vuelve del recuerdo.

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