La lluvia ha vuelto, con más fuerza y agresividad que antes, como si quisiera ocultar algo. La doncella ha tenido suerte, que aunque más que suerte he sido yo que le colocado en mitad de las montañas y el bosque una confortable cueva. Confortable hasta el punto que un hueco de piedra puede dar sin romper mucho el contexto. Así y todo es bastante grande para que pueda proteger a los retoños y ella pueda descansar tranquilamente. Sorprendentemente los niños no han vuelto a llorar en todo el rato (aconsejable para no abrir sospechas), a pesar de la lluvia, los truenos y el feroz viento que podría arrancar de cuajo los pinos si quisiera. Duermen, plácidamente, a pesar de no haber provado bocado, o gota de leche de teta; como latentes, como esperando su turno pacientemente.
La doncella sentada a su lado se supone que vigila, pero el cansancio la está venciendo y se le cierran los ojos. Cuando ha llegado a ese punto en el que es capaz de quedarse dormida de pie, un rayo cercano, con su correspondiente trueno, jode con un susto la tranquilidad de la cueva e ilumina en la entrada de la misma la silueta de una figura misteriosa. La doncella no puede más que asustarse y coger en brazos a los recién nacidos, que siguen calmados y dormidos, sin ápice de temor, porque no quiero que en este momento estén asustados. Tranquilos, soy yo, que me he presenciado en el relato. Y para los que me hayan visto con mi actual corte de pelo, tal cual gallo de corral, decirles que he adoptado otra forma, la de un anciano de pelo y barba larga, cubierto de harapos y apoyado en un cayado. No me negarán, que es más acorde para aquellos tiempos y parajes presentarse con esta guisa que no como un tío con cresta que no creo que la doncella...
Perdonad la larga interrupción pero a veces estas cosas pasan y me dispersan. De hecho, ahora, con un par de copas de más de Mistela, mi cuerpo está más disponible a entrar en estos mundos blandos por el simple hecho de la mentira.
Estoy sentado en un tronco, enfrente de la doncella que, aún con temor y sin entender, abraza con fuerza a los bebés tríclopes. Le digo que no tema y que me diga su nombre. Me lo dice, pero no me dice de dónde viene. Ya sé de dónde huye. Le pido que me enseñe a los niños y evidentemente se niega si antes no le digo quién soy y que es lo que quiero. Pasaremos por alto este momento para que finalmente me los dé. Es curioso, como mínimo, coger a estos bebés en brazos. Cuando coges a un recién nacido siempre extremas el cuidado, la delicadeza y la ternura. Y gracias a que estos dos son pequeños de verdad casi los puedo sujetar a cada uno en un brazo.... pero cuando los coges (como le ocurrirá a toda persona que a lo largo de este relato se aventure a cogerlos) te recorre un miedo por el espinazo, por si los rompes, por si los rasgas en dos partes. Son siameses, ¿recordais? Solamente unidos por un trozo de carne de sien a sien con un ojo en medio. De hecho no tienen carne de más. Comparten ese trozo de cabeza, ese espacio reservado y ocupado por el ojo, por lo que podría decirse que no tienen sien derecha o izquierda. Sin embargo cada uno mantiene su cráneo y su cerebro, y todo lo demás. Sólo comparten un ojo. Entonces... imaginad la mal sana idea de estirarle a alguien un miembro hasta arrancárselo del cuerpo. Pues ahora pensad que estirais de uno y del otro, solomante unidos por un delicado ojo. Sería fácil separarlos con fuerza bruta, pero qué dolor. Pues ese miedo es el que tienen muchos cuando los cogen en brazos. Por lo demás son bebés normales, con sus piernas, sus brazos, sus manos, sus pies, todo bien contado. Sí es verdad que parece que uno esté detrás del otro. Se ve sobretodo por el hombro, que el de la izquierda lo tiene encima del de su hermano de la derecha. Esto se debe a que si se situaran en paralelo, cuando crecieran, cada uno solo podría sostnerse sobre una pierna. Así que para que los dos a la largan puedan andar, se han dispuesto de esta manera. Esta disposición evidentemente conllevará consecuencias a largo plazo, pero ya las iremos contando.
Por último, le estoy diciendo a la doncella que siga el camino que lleva. Me está diciendo que ella no sigue ningún camino. Pero da igual, le digo que siga, que aunque crea que es al norte donde se dirige por la impresión de las altas montañas nevadas y el frío helado, es en el sur donde terminará. Podría hablaros de la doncella, que es de mencionar. ¡Vaya si es de mencionar! Pero mejor en otro momento. Sólo diré, que ahora sé que su nombre es Hellen. Y aunque tiene muchas preguntas que hacerme, ahora no las formulará. ¡Ah sí! Sólo decirte, que tú, los amamantarás.
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