Cuando la comadrona salió de la habitación como si un demonio la persiguiera, no mencionó palabra alguna ni emitió ningún ruido. Solamente miró con unos ojos muy grandes al padre de la "criatura" y a la doncella que en el salón estaban esperando. Y sin ningún intermcabio más, salvo la mirada ya mencionada, salió de aquella casa y nunca más se la volvió a ver.
Evidentemente no podía haber otra reacción de estos dos nuevos personajes que la de entrar con suma curiosidad y temor en la habitación donde había ocurrido el milagro. El primero en hacerlo fue el hombre de la casa, el marido que desde hacía apenas unos mmomentos ya se había convertido en viudo; en viudo y padre soltero; aunque de esto último solo sería el nombramiento, pues la función de padre de aquella anomalía ni nunca le fue destinada ni tuvo intención de cumplirla. Su primera reacción, a pesar de los sollozos ante los que todos esperariamos que acudiera, fue la de dirigirse raudo a su esposa que en cenizo color su piel se había transformado y su cara, vacía de algo que estaba más allá aquí, permanecia sin expresión alguna. El hombre lloró, como lloraría un niño que se ve comprometido en una situación a la que no puede dar explicación, porque no tiene explicación y nadie se la podrá dar nunca. Ni explicación ni consuelo. Le acarició la mejilla todavía ruborizada por el esfuerzo del parto pero ya carente de calor, y apretó con fuerza su mano sin que nadie respondiera al apretón.
¿Qué fue de la doncella? Muy lejos no anda, pues ante la falta de respuesta de su señor, pero la continuidad del doble llanto infantil, asoma timidamente la cabeza sin querer quebrar el aire de la situación. Y los ve allí, un poco escondidos entre las sábanas ensangrentadas, a los dos hermanos unidos que no dejan de bramar. Otro de los milagros que solo la naturaleza podrá explicar cuando se decida a hablar, es el que a la doncella le ardió en el pecho, como le ardió a otras mujeres en el pasado y arderá con leño insaciable del fuego futuro. Las manos en el pecho de la doncella es señal instintiva, de animal, de madre que quiere arropar a la nueva descendencia de la especie, a los cachorros, en sus brazos. Y así hace. Recoge con la extrema delicadeza que solo las mujeres saben ejecutar, a los dos infantes que ante el olor suave de una piel joven se calman y dejan de llorar. Los enrolla bien enrollados en una tela azul, juntos, sin poderlos separar, para que el calor de ambos los defienda de la adversidad que el frío otorga a través de la vida. Habiendo visto la doncella el defecto, o la peculiaridad del nacimiento sin prestarle mayor atención, le enseña sus dos primogénitos a sus señor. Él mira, con los ojos empañados en dolor, y lo único que ve es su figura humana desnuda, con algunos años más que en la actualidad, flotando boca a bajo en el lecho de un río con una soga atada al cuello. Los ojos muertos que quieren salirse de las cuencas y escapan por la frente, la lengua fuera de su cueva y empapada en tinte azul y su cara hinchada y mohosa le hacen gritar:
-¡Ahógalos en el río! ¡Llevatelos de aquí! ¡Ahógalos en el río! ¡No tengo hijos que pisarán esta casa!
La doncella asustada corre. Sale de la casa. Se aleja. Huye. Se va, sin pensar en otra cosa que en el miedo que le ha provocado la ira y la locura de su señor, que golpea y destroza los muebles, sin dejar de repetir sus viscerales palabras, como si de un rezo satánico se tretará, oyéndose su eco por las esquinas de cada calle de la aldea.
Cuando la doncella se encuentra ya bien lejos del hogar, iluminada por una radiante luna a la que la tormenta ha dado un respiro, si en ese momento, se hubiera girado a contemplar, hubiera visto, en la lejania, en el lugar del que ha huído, una columna de humo más alta que las montañas, provocada por el fuego inesperado y nocturno en el que se están conviertiendo las maderas de la casa en la en la que otro tiempo sirvió y que nunca más recordará. Pero... el recuerdo de la sensación, de unos pinchazos recorriendo su espalda, que aunque molestos algo gustoso hay en ellos, no le dejarán olvidar que algo inconfesable ocurrió en aquella casa.
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