viernes, 1 de abril de 2011
UNA sola HISTORIA.
Quien quiera creer mi historia que la crea, quien no, tampoco importa. Esta historia paso de mis abuelos a mis padres, de mis bisabuelos a mis abuelos. No dejen que la incredulidad ni lo que hayan podido oír les confuda. El amor, el rechazo, el odio y el terror corren por las venas de este drama y por encima de todo, la fe en la autentica verdad y en la confianza de la amistad. No somos más que instrumentos al servicio del destinio. Nos encontramos en una aldea olvidada por todos, en mitad de las montañas balcánicas, un lugar que todo el mundo aledaño dirá que nunca exisitió y que los que pasaron por allí nunca volverán a recuperar la cordura. De ella solo quedan, cuatro piedras. De ella solo se acuerda la hierba. Solo queda, la niebla. Pero hace tiempo atrás, mucho tiempo atrás, aquella era un aldea de la que simplemene se podría decir que era florida, por todo, por su economía y por su entorno. Pero hoy, hoy es una noche gris y tormentosa, de relampagos y fuegos en el aire. Ellos mismos acallados por los gritos de una cabaña, en la que una mujer hace lo que otras han hecho durante siglos: parir. La comadrona le grita que empuje con más fuerza, mientras las sábanas se empapan de rojo. Más fuerte empuja la parturienta, más le insiste la comadrona. Hasta que un grito desgarrador que desquebraja el cielo en una gran grieta luminosa, pone punto final al momento. La tormenta ha cesado. Todo permanece en silencio. La madre, ha muerto sin decir más que ese último grito que ha desencadenado el mal en la tierra. La comadrona se lleva las manos a la boca, contemplando al niño que ha dejado caer al suelo pues la simple visión la ha aterrorizado. Unos de los ojos del niño la mira fijamente. Algo se estremece en la cabeza de la comadrona que sale histerica de la habitación. Pocos días después la encontrarán despedazada en mitad del camino por una jauría de lobos. El recien nacido llora pero... algo estraño hay en el aire de la habitación y en la primera múscia del mundo. No se oye un llanto, se oyen dos. Sobre las carcomidas tablas del suelo, todavía unido al cordón umbilical, a dos cordones, el niño se desahoga en llantos prenatales. El niño, los dos niños aún no pueden abrir sus ojos, y estremecen sus manitas y sus pies en arranques espasmódicos de frío. Pero los niños solo tienen un ojo cerrado. El otro sigue abierto, por otro decimos, solamente el otro. Siameses, de la más extraña variedad. Unidos, como están siempre los siameses, pero esta vez, lo único que los une, lo único que comparten, es el ojo derecho, o el izquierdo según como se mire. Un único ojo para dos cabezas, para dos personas, para dos neonatos. Un ojo siempre abierto, que nunca duerme, que ve, que hace ver a los demás...
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