En la Ciudad del Centro del Mundo hay una casa que tan sólo tiene la particularidad de ser una casa. Situada en una plaza de modestas dimensiones, su fachada de piedra está agrietada y sus poderosas vigas de madera están carcomidas. De la ventana del balcón del piso superior parpadea una débil luz que proviene de dentro de la habitación; una escuálida vela que no es capaz de salvar a la habitación de la oscuridad en la que la engulle la noche. La vela sólo ilumina un punto de la inmensa habitación: la cara del Anciano que lleva prostrado en cama durante muchos, pero muchos años. El pelo que cubría su cabeza se ha convertido en un ridículo manojillo de pelos blancos y finos, extremadamente cortos y mal dispersados para sacar a relucir las manchas y las arrugas de su cráneo. En su cara no hay ápice de tersidad, ahora todo es flácido, lánguido y arrugado, y también lleno de manchas y carne descolorida y venas saturadas. De sus dientes… el recuerdo de unas encías ennegrecidas. Sus ojos apenas se abren por la falta de músculos sanos en sus párpados, evidenciando en sus comisuras la cantidad de mucosidad que no es capaz de filtrar. Sus están labios secos y agrietados, por la falta de saliva debido a una boca siempre abierta y arenosa, síntoma de unos pulmones que ya no funcionan como deberían. Su estado para siempre el de un dormido que intenta despertar, un comatoso eterno, el de un cuerpo cuyo único sentido en la vida es el de esperar la muerte postrado en la cama. El ama de llaves entra en la habitación y se acerca al Anciano para comunicarle la llegada de un caballero que pregunta por la señorita Hellen. El Anciano pregunta por su aspecto. Pelo largo, capa larga y negra que lo cubre por completo y armado de una espada. Parece que lleva tiempo sin un hogar fijo deambulando por el mundo. Lo hace pasar y el Errante se queda en la puerta.
-¿Has venido a matarme?-pregunta el anciano con el poco aire que puede emitir.
-Busco a una doncella llamada Hellen Keller.
El Anciano empieza a respirar con intensidad y a intervalos de ronquidos. Lo han sacado de su letargo y algo que le invade de emoción está a punto de ocurrir. El Anciano pide al Errante que se siente cerca y éste obedece a la espera de que le indiquen el escondite de la doncella. El Anciano respira intensamente y habla.
-Yo la quería. La quería de verdad y nunca quise que le nada malo le pasara. Era tan inocente, la misma representación de la ternura. Nunca dejaba de reír o sonreír, e iluminaba con alegría toda la casa. Lo hice para protegerla, porque la quería y no quería que nadie le hiciera daño. Sólo quería que se quedara a mi lado, siempre pura, siempre feliz. No quería que el mundo la envileciera. Lo hice porque la quería, la quería tanto.
El Anciano rompe a llorar con ridículas lágrimas. “Bonita forma de excusarse” diría el Errante si supiera realmente de lo que está hablando el Anciano.
-Pero se marchó, y no pude evitarlo. Y cayó sobre mí esta maldición. Me pudro, como todo hombre cuando nace empieza el lento camino hacia la muerte. Pero yo lo siento todos los días. La parca ha hecho de mí su proyecto personal elaborando y diseñando cuidadosamente la dolorosa muerte de cada una de mis células. La muerte ha reservado para mí la muerte más lenta que un hombre pueda imaginar. Quiere que mi muerta sea esperar a la muerte. Acércate a la luz.
El errante se levanta y acerca su rostro a la luz. Su cara es ruda y curtida, cubierta por una dura barba negra mal afeitada. Su ojo derecho está tapado con un parche.
-Enséñame tu ojo-El errante obedece y se retira el parche dejando al descubierto un ojo con una cornea blanquecina tras la cual se esconde una pupila que, frenética y asustada, busca desesperadamente la luz al intuir el calor de la vela.
-Has venido a matarme.-sonríe el Anciano.
-No, no es mi cometido.-Y dichas estas palabras, el Errante se cubre el ojo y sale de la habitación, y sale de la casa para seguir su búsqueda, dejando al Anciano con sus quejidos sin aliento a la espera de la muerte.
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