Aunque todos los caminos llevan a Roma, estos nunca van en línea recta, o al menos yo nunca he visto uno. Y aunque en este reino la ciudad de Roma no existe, la ley se sigue cumpliendo y no hay ningún camino completamente recto. El camino de los Llorones, por el que ahora camina la doncella, tiene que dar un gran rodeo porque se encuentra de frente con el lago de la Lágrima en su avance hacia la ciudad del centro del mundo. Pero no nos vayamos tan lejos, pues la doncella ha cogido una desviación justo antes de toparse con el lago, y se vuelve a dirigir en dirección a la cordillera. Parece que la doncella nos ha engañado y no se dirige a la ciudad del centro del mundo, o por el camino se lo ha pensado mejor y ha decidido otro destino. Sí, seguramente será esto último, ya que no vayamos a ser mal pensados y creamos que la doncella pretenda engañarnos, pues la doncella no sabe de nuestra existencia espiatoria. Se dirige a la aldea de la Lágrima; llamada así por situarse a escasa distancia de la cascada de la Lágrima, origen del lago del mismo nombre, a su vez inicio del río Cola. Más misterio en los nombres no hay, bueno, sí que los hay, pero como ven los nombres los ponen por cercanía, no les da para más creatividad. Seguramente la doncella se dirige a casa de su tío, el hermano de su padre. Un hombre que se puede describir como un hombre bueno donde los haya, que siempre mantuvo buenas realciones con su hermano mayor y con la familia de éste. El tío de la doncella siempre tuvo un especial cariño hacia ella, ya que tenía aproximadamente la misma edad que sus hijas, y cuando estas dos murieron por una enfermedad, todo su sentimiento paternal se volcó en Hellen.
La doncella se ha adentrado en la aldea a una hora nada apropiada para las escaramuzas. Son las 10 de la mañana, hora en la que el sol ya ha hecho acto de presencia en todas las esquinas de la aldea, y los lugareños llevan un buen rato en sus quehaceres. Hora propicia para chismes, rumores y cotilleos. La doncella golpea con fuerza la aldaba de la puerta pero nadie acude a la llamada. Insiste un par de veces pero el resultado es el mismo. Finalmente, como la "curiosidad" es una de las más fuerte de las pasiones que mueven a algunas personas, la vecina de al lado se asoma por una ventana e informa. El tío es hojalatero, eso ya lo sabía la doncella, y hoy se ha tenido que ir al mercado de la ciudad del centro del mundo a vender sus productos. Volverá por la noche. La vecina también quiere saber quién es la intrusa y que recado tiene que anotar, pero la doncella ya se ha puesto en marcha con la información que necesitaba. La vecina solo arruga el morro y entra dentro de la casa.
Ya vale de la ciudad del centro del mundo, vamos a dar un respiro a la doncella que en verdad se está dirigiendo al lago dando un placentero paseo de unos diez minutos alejándose del curioseo y acercándose al sosiego. Tras dar de mamar a los siameses, operación más complicada de hacer que de relatar, los querubines se quedan dormidos. La doncella aprovecha para darse un baño sin miedo a los mirones ya que está bastante lejos de la aldea. Desnuda su cuerpo blanco y rosáceo dejando la ropa cerca de los durmientes. Primero la punta de un dulce pie hasta la rodilla, poco a poco deja que el agua empape su piel y, cuando roza sus muslos, en un impulso, se sumerge de lleno en el agua. Las ondas se calman y al cabo de unos segundos su pecho se hincha devorando el aire y llenando de vida renovaba sus pulmones. Después de eso, se relaja, y se deja mecer por el orquestado movimiento interno del lago. Dijimos que la doncella era de mencionar, y ahora así, desnuda, con todo su joven cuerpo regalado de lleno al sol, con la carne relajada de preocupaciones, os aseguro que se os quedaría cara de bobos. Pero aún no es momento de hablar de ella, pues otro bobo está a punto de descubrirla.
La doncella ha oído algo sospechoso y se pone en guardia. Un joven pastor de figura endeble curiosea entre las vestimentas de las que se ha despojado la doncella. Por ahora no la ha descubierto y la doncella intenta no llamar la atención. Se maldice por no haberse asegurado bien de la presencia de mirones. Pues sí Hellen, ¿y ahora que piensas hacer? El joven parece que no tiene intención de robar nada, sino tan solo de curiosear y hacerse preguntas, pero entonces descubre a los siameses dormidos. La doncella no puede permitir que algo le pase a los lactantes y sale rauda a la orilla para hacer notar su presencia. Pero Hellen... estás desnuda. No avanza más porque el joven ya la ha visto, y ella ve en sus ojos el brillo que en tantos hombres ha visto antes. Es solo cuestión de segundos que él se avanlace con mal sana lujuria sobre ella, pero la doncella también sabe que la mejor defensa es un buen ataque, y su ropa, sus cosas y sus bebés están junto a su "inocente" agresor; así que corre hacia él y lo besa dejándose al delirio. Al joven le arde todo el cuerpo y fuerza a la doncella contra las incomodas piedras del lecho. El joven aún se enciende más cuando deja caer el peso consistente su sexo contra el de ella y devora con enfermiza ansia sus senos ruborizados; pero es joven, y todavía no tiene mucha destreza en estos juegos perversos, por no decir que no tiene ninguna. La doncella aprovecha la inexperiencia para ganar ventaja, y mientras con una mano acaricia, de manera mentirosa, no os asusteis, la espalda del joven, la otra se desliza entre sus ropajes en busca de algo. Por fin lo encuentra, a tiempo antes de que al joven se le encienda la bombillita del bien saber hacer animal, y saca de uno de los bolsillos de su falda una bolsita de cuero. Con los dedos de una mano la desenrrolla y coge una pizca de polvos que sopla sobre los ojos del joven. Todo termina sin ni siquiera haber empezado. El brillo en los ojos del joven ha desaparecido y se asusta por la imagen desnuda de la doncella debajo de él. El joven corre campo a través alejándose de su pecado que no comprende, olvidándose de sus ovejas que ya vendrá a recoger más tarde. No creo que vuelva a aparecer en el relato.
La noche ya ha caído y la doncella se ha quedado dormida con los niños en brazos, apoyada en la puerta de la casa de su tío. Una mano curtida y peluda la zarandea suavemente hasta que despierta de golpe, asustada. Es su tío, que primero la mira sin entender que hace allí; después de tanto tiempo sin verla y sin noticias de ella, pues el tío nunca supo que se había ido a la ciudad del Suroeste a servir en una casa. Además, lo que lleva en su regazo son dos bebés, que en estas circunstancias siempre te hacen preocuparte por lo peor. Pero luego, cuando reconoce en sus ojos azules la niña que tanto había querido, una amable sonrisa invade su cara.
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