domingo, 1 de abril de 2012

ESO A ELLA NO LE IMPORTÓ.


Nunca estuvimos en cenas de lujo o en bailes elegantes; ni siquiera habíamos pisado un hotel de los buenos a pesar de haber recorriendo todo los rincones del país… eso a ella nunca le importó. Nunca se quejó de caminar por caminos de tierra y barro que ni siquiera podían llamarse caminos y que a veces parecía que no llevaban a ningún sitio. No, eso a ella nunca le importó.

Nuestro espectáculo era bastante sencillo: el mago de traje aparentemente elegante y su esbelta ayudante. Empezábamos con cosas sencillas como sacar palomas, flores, el truco de las cuerdas… cosas absurdas para caldear el ambiente. Pasábamos a trucos de fuego que siempre gustaba al público. Lanzar cuchillos con los ojos tapados… esa clase de cosas.

Eran tiempos difíciles tanto para mí como para el resto de la nación. Veníamos de una guerra y había más hambre que ganas de ver a un chica partida por la mitad. Frecuentábamos casinos y casa del pueblo donde se servía coñac multiplicado con agua y los únicos espectadores eran viejos que no habían muerto en la guerra. Habíamos vivido momentos mejores, pero que mucho mejores, y sin embargo a ella no parecía importarle.

Aquella noche mientras ella se maquillaba delante del espejo, sin que se diera cuenta, no dejé de mirarla. Pensaba en todo lo que podría haberle dado y que nunca conseguí; en los lugares en los que teníamos que dormir para ganar unas miserable perras y en como ella siempre se acurrucaba a mi lado para protegerse del frío; en como me abrazada y me besaba la frente, me sonreía como queriendo decir que todo iba a ir bien y se quedaba dormida a mi lado. Nunca pareció importarle que no tuviéramos dinero al día siguiente para poder desayunar. No, eso a ella no le importaba.

Aquella noche le conté a la policía como se hacía el truco de la chica partida por la mitad. No tuve fuerzas para contarles como había serrado a mi propia esposa sin piedad y sin ninguna posibilidad de escapar, delante del público.

Nunca hubiera podido llevarla a la fama, hacer de ella una gran actriz de los escenarios, trabajar en los mejores clubs de la ciudad o ganar una fortuna en cada espectáculo para llevarla a cenar langosta y dormir en una suite. No, nunca lo hubiera conseguido; aunque eso, a ella, nunca le importó.

sábado, 3 de septiembre de 2011

UNA sola HISTORIA (10ª parte)

En la ciudad del Noroeste hay una taberna que tan sólo tiene la particularidad de ser una taberna. Sin nombre que la anuncie (¿Para qué, si la mayoría no sabe leer?) se encuentra al final del puerto, un poco alejada del barullo y de las zonas concurridas, ahí en las afueras, como invitando a no acercarse. Aunque por fuera no parece muy acogedora dentro se está bien al calor del fuego y a la luz de las candelas. Y a ella se dirige el falso dios. El Borracho abre de golpe la puerta dando con entusiasmo las buenas noches a los pocos parroquianos que quedan a esas horas. Dos, para ser exactos, uno sentado en la barra y el otro en una mesa al fondo del local, tapado con una túnica negra abstraído de todo lo que ocurre a su alrededor, cegado por su copa de licor. También está el tabernero. El Borracho se avanza por la barra dando tumbos y haciendo muecas con la cara intentando que esta parezca clara y no la de un beodo, aunque la continua sonrisa de felicidad y la verborrea incesante le delatan. Su pelo grasiento, su barbita enfermiza y sus telas piojosas aún le dan un aspecto más desagradable.
-¡Una copa de Mistela!- golpea en la barra.
-De eso aquí no tenemos.-refunfuña molesto el tabernero.
-Pues lo que más rabia le dé.
El tabernero sirve una copa de un licor transparente que el Borracho bebe de un trago disfrutando de cómo el alcohol le quema la garganta.
-¡Pero qué tenemos aquí!- grita el Borracho acercándose al misterioso hombre de la mesa del fondo-¡Un auténtico caballero andante en toda regla! Con su espada enfundada y todo. ¿A cuántas princesas en apuros has rescatado ya? Un caballero de cuento de hadas. ¿O no? ¿No le importará que le acompañe?
El Borracho se sienta delante del hombre, el cual apenas reacciona a la intromisión.
-¡Mesonero, otra de veneno! Que tengo que mantener la compostura. Usted no quiere nada verdad, que ya le veo bien servido. Habla usted poco. No importa, su cara lo dice todo. Tiene pinta de haber estado errando durante un tiempo por las montañas, huyendo de su hogar, de un hogar que ya no tiene y que en verdad nunca tuvo. Es lo bueno que tiene el fuego, que puede hacer que parezca que nunca tuviste nada. ¿No es así?
El Errante lo mira sin decir nada y vuelve su mirada a la copa.
-Sí, dicen que el fuego purifica, pero hay lugares a los que el fuego no puede llegar, y mire que puede llegar a muchos sitios. Pero aquellos lugares que están bien escondidos, en lo profundo, a esos no llega por mucho que se empeñe, o nos empeñemos.
El tabernero trae la copa de licor al borracho.
-No le culpo. Todos tenemos secretos que queremos ahogar y cuanto más intentamos hundirlos más salen a flote. Tenía una amiga que decía que los suyos sabían nadar.- El Borracho sonríe con nostalgia.- Sobre todo por la noche, cuando cerramos los ojos y viene a nuestra cabeza la imagen de nuestra muerte, y te despiertas empapado en sudor.
El Errante vuelve a mirar al Borracho pero esta vez con unos ojos que podrían matar y el Borracho calla unos segundos a la espera de una réplica que nunca llega.
-¡Pero hablemos de usted! Seguro que viene de lejos. Todos los que vienen a esta ciudad vienen de lejos, y vienen a olvidar, pero irónicamente acaban recordando, pues siempre te acordarás de que algo tienes que olvidar. Ya sabe… lo de aquello de que siempre salen a flote…

sábado, 2 de julio de 2011

UNA sola HISTORIA (La ciudad de los olvidados)

LA CIUDAD DE LOS OLVIDADOS.

La Ciudad del Centro del Mundo celebraba todos los años el aniversario de la muerte de la Reina Melliza con una gran fiesta en su honor. Engalanaban toda la ciudad con elegantes bailes y banquetes populares, pasacalles, disfraces… Todo lo necesario para conmemorar la grandeza y sabiduría de su difunta gobernanta, así como el sacrificio que tuvo que hacer por conservar la paz del reino. Cuando la hija de la Reina Melliza tuvo su primera menstruación, fue coronada Suma Reina de todos los reinos y su madre le había dejado en herencia un reino pacífico, por lo que los problemas a tratar no fueron muchos. La nueva Reina Adolescente participaba con gran placer en estas celebraciones dedicadas a su madre, e incluso llegando a ser una gran devota hacia una fiesta que consagraba a su madre casi como una mesías, una santa. La fiesta finalizaba con una impresionante procesión de todos los ciudadanos hacia el Lago de la Lágrima en la noche en la que la reina saltó de la cascada. Una vez allí, cada uno depositaba un candil flotando en el agua que la corriente se llevaba. La imagen era sobrecogedora, pues parecía que miles de lágrimas de fuego lloraran sobre el lago.

Todos sabemos, o al menos lo hemos vivido, que a estas edades las hormonas juegan malas pasadas. Más que malas, pues no podemos juzgarlas, las hormonas van por un lado y el individuo por otro. Y por ello, a la Reina Adolescente le llegó un momento en que se le hacía insoportable la responsabilidad de ejercer el poder en el reino, sabiendo, por las historias que le habían contado, de qué manera había conseguido llegar ella al poder. No había conseguido gobernar el Reino de la Tortuga de Dos Cabezas por meritos propios como había hecho su madre, sino que, para que ella reinara, primero tuvieron que morir dos inocentes y cometerse un suicidio. Aquello hacía sentir a la Reina Adolescente infravalorada y una intrusa. Crecía en ella una conciencia sucia, casi envidiosa. No había hecho nada por ganarse aquel puesto ni aquel reino, mientras que todas las alabanzas corrían hacia su difunta madre, y aquella idea le atormentaba. Ella sabía que podía ser una gran reina como lo había sido su madre, pero para ello, primero tenía que borrar todo recuerdo en la mente de sus súbditos de la madre que nunca conoció. Y así fue como se prohibió de repente la fiesta que conmemoraba la muerte de la Reina Melliza. Pero eso no fue todo: toda imagen, credo, rezo, canción, baile… vamos… que cualquier motivo que pudiera recordar tanto a la Reina Melliza como a la historia que envolvía la muerte de sus hermanos sin nombre fue prohibido. Fue decreto real y se acató; y todos los ciudadanos pudieron ver como el recuerdo de una gran monarca se perdía en columnas de humo negro que el aire disipada y en las piedras picadas que antes contenían imágenes. De la noche a la mañana todo un pasado había desaparecido como si la ciudad en verdad hubiera aparecido de la nada, y si algo nunca existió se olvida, aunque más bien no se puede recordar porque nunca existió, y no existe porque no se recuerda.

Pero cuando se prohíbe algo, siempre surge el aliciente de saltarse la prohibición y por ello un pequeño grupo de insurgentes se opuso a la medida. Seguían venerando a la Reina Melliza en la clandestinidad, adorando y aprendiendo de sus supuestas enseñanzas. Pero desde el interior de sus hogares se iban uniendo cada vez más y más devotos como si de una moda pasajera se tratara, recuperando y manteniendo vivos los recuerdos olvidados. Al principio el poder monárquico no hizo nada ya que se trataba de un grupo reducido que apenas hacía ruido a pesar de que todo el mundo conocía su existencia, pero poco a poco empezaron a movilizarse y a exigir públicamente lo que ya se había convertido en una religión en torno a la Reina Melliza. La masa comenzó a ser belicosa y se tomaron medidas. Los primeros en caer fueron los líderes del grupo bajo el filo de un hacha, en mitad de las plazas para que todo el mundo viera las consecuencias. Una vez cortada la cabeza, el grupo estaba desorganizado y su única posibilidad era dejar su devoción o dejar la ciudad, en cualquier caso había que dejar algo, sino todos acabarían muertos. Una gran migración tomo rumbo hacia la Ciudad del Noreste huyendo de las huestes reales que tenían la orden de matar a todo aquel que mantuviera la creencia de la Reina Melliza, y que podían ser reconocidos por los símbolos en forma de lágrima que llevaban.
¡Qué bien sienta sentarse un rato a escribir y olvidar, POR UN MOMENTO, todos los problemas!

Las tropas de la Reina Adolescente estaban cerca de alcanzar a los sublevados que habían escapado, por lo cual, el grupo de creyentes tuvo que desviarse por las montañas siguiendo un camino que todavía no existía en el reino pero al que ellos darían nombre: el camino de los mellizos; pues mellizos fue como se les llamaría a los devotos de la Reina Melliza. Durante cinco años vagaron por las montañas evitando las patrullas de intenciones redentoras, pero cuando el clima de tensión se hubo calmado, los mellizos crearon un asentamiento en un claro escondido en mitad de las montañas. Allí levantaron una gran estatua en honor a la Reina Melliza, representada con la palma de una mano boca abajo en señal de dar justicia a su reino y la otra palma boca arriba en señal de recibir la benevolencia de su pueblo. Alrededor de la estatua, el pueblo de los mellizos asentó sus hogares. Pero de todo aquello ya solo quedan piedras con musgo y ramas secas. Durante tanto tiempo en la clandestinidad el pueblo de los mellizos acabó separándose en opiniones. Por una parte los viejos y cansados de la vida, que habían pasado toda su vida huyendo preferían quedarse en aquella comunidad que no molestaba a nadie y nadie les molestaba a ellos. Sin embargo los más jóvenes y de espíritu más fogoso no querían permanecer escondidos y juraban venganza a la caprichosa Reina Adolescente amparados por la sabiduría de la Reina Melliza. Así pues, este renovado grupo de insurgentes abandonó las montañas y se asentaron en la ciudad del Noroeste. La persecución a los infieles ya había terminado y aún podía verse algún vestigio muy olvidado por algún rincón del reino. Además las tropas de la Reina Adolescente estaban enfrascadas en las Guerras Lupinas y tenía ocupado a todo el ejército. En esta situación el pueblo de los mellizos no tuvo ninguna dificultad en asentarse en aquellas tierras, y de hecho ganaron tantos adeptos a una fe remota y recuperada que rápidamente se hicieron con el control de la ciudad infiltrándose en cada estrato gubernamental o esfera de poder desde el cual movían sus hilos. Poco a poco y a espaldas del reino fueron haciéndose fuertes y organizados, creando un ejército eficiente para un ataque final contra la Ciudad del Centro del Mundo que hiciera caer a la Reina Adolescente, aunque el paso del tiempo ya había arrugado su cara y blanqueado su pelo. Pero, días antes de que las tropas mellizas partieran a su irremediable destino fueron traicionadas. Lo tenían todo listo y preparado para re-andar el camino de los mellizos y atacar por sorpresa cuando fueron ellos los sorprendidos siendo sitiados en la ciudad del Noroeste por el ejército de la Reina Adolescente. Realmente las fuerzas estaban equiparadas y ambos bandos tenían buenos hombres. El hecho de que las persecuciones a los rebeldes hubieran menguado porque ya no los consideraban un peligro, había hecho, irónicamente, que estos crecieran y constituir un peligro de verdad. Finalmente el corte de alimentos y suministros por el sitio de la ciudad, hizo que los soldados mellizos depusieran las armas sin ni siquiera tener ocasión de probar la sangre de la batalla. Y de esta manera, un pueblo entero, desapareció; y aunque no hubo un saco de cincuenta monedas sí que hubo un Judas que nadie conocía y del que no sabían los motivos, pero conllevó la caída del pueblo de los mellizos. Probablemente sea al que ellos llamen Dios, aunque él no lo sea y sólo sea un creador.

sábado, 4 de junio de 2011

UNA sola HISTORIA (8ª parte)

Los niños duermen en una cama en la buhardilla, bajo la atenta mirada de la doncella, la cual a su vez, también parece estar vigilada por el atento ojo que nunca duerme. Pero a Hellen no parece importarle. Se la vez feliz y contenta de tener a los siameses sanos y bien protegidos en casa de su Tío. Hellen cose despreocupada unos remiendos en su falda ajada por las cortas vicisitudes que vivió en las montañas. Introduce y saca la aguja con firmeza certera mientras el hilo se desliza sensualmente entre la tela. Y tan despreocupada se la ve, que sin darse cuenta, se pincha la yema de un dedo. Un quejido ridículo, pues el dolor no es tan grave, y una simple gota de sangre que brota del punto que es la herida, como si la yema estuviera a rebosar y solamente le sobrara esa única gota. No le asusta ni le repugna la sangre, tan sólo la lleva a un recuerdo. Sentadas al abrigo del fuego, la doncella y la Señora de la casa (la antigua casa en la que servía) tejen y cosen diferentes prendas. De la caja de sastre la Señora coge una aguja sin intención de coger una en concreto, pero así y todo, coge aquella que en la cabeza tiene dibujada de manera exquisita un pavo real con la cola abierta. Una aguja que solo sirve para sujetar pliegues en los vestidos. La única aguja con la que la doncella, al verla, le recorre un calor y un miedo que va desde su sexo hasta la coronilla por el interior de su cuerpo. ¡Qué casualidad! La Señora también se pincha con ella, pues igual de despreocupada parece que está como lo estará la doncella en un futuro. Y también, una tímidamente gota de sangre asoma. Aunque ellas no lo saben, de esta manera, a través del pinchazo, lo que había concebido la doncella y el Señor de la casa, ahora terminará gestándose en la esposa de este. La doncella hace ademán de levantarse para ir a buscar café molido y coagular la herida; y aunque en su recuerdo hace el mismo acto, la Señora la detiene y se cura la herida llanamente chupándose el dedo, como ahora ella hace. -No te levantes. Aunque me trajeras el mejor remedio del mundo no lo aceptaría de ti.- La doncella sorprendida por la acusación vuelve a sentarse entendiendo que la traición ya se ha gestado. –Mi marido me lo ha contado todo. –La Señora sigue cosiendo, como sin nada.- ¿De verdad creías que se iba a escapar contigo? Por favor, deja de creer en historias de príncipes azules y amores redentores cuanto antes. Te irá mejor en la vida. ¿Qué puedes ofrecerle tú? Dime, ¿qué puedes ofrecer? ¿Paños sucios? No eres nada comparada conmigo. Eso lo sabemos tú y yo, pero parecía que es estúpido de mi marido no. Has sido su juguetito, su entretenimiento pasajero. Sí, su divertimento.- La doncella no puede seguir trabajando ante lo que oye, y la Señora, ni siquiera se digna a mirarla desafiante. Ha ganado, y lo sabe. –Ya se ha divertido bastante contigo jugando a los amores prohibidos, a los besos a escondidas y en planes de fuga guiados por un amor capaz de romper montañas.- La Señora no puede otra cosa que reír ante sus propias palabras. –Sí, me lo ha contado todo. Y no creas que te has salvado de un castigo porque te esté hablando con esta tranquilidad. Tendrás tu castigo, eso no lo dudes. Pero por ahora… sólo me servirás a mí, y no podrás acercarte al Señor a menos que yo te lo permita. ¿Entendido? Estarás conmigo todo el día, y las noches las pasarás en el sótano.- Dicho esto la Señora ni siquiera pregunta si la doncella tiene algo que decir o preguntar. Para qué, si ya está todo dicho. Ambas mujeres siguen con sus labores y nada más se dijeron entre ellas. Todo había quedado claro, piensa Hellen mientras vuelve del recuerdo.

lunes, 16 de mayo de 2011

UNA sola HISTORIA (7ª parte)

En la Ciudad del Centro del Mundo hay una casa que tan sólo tiene la particularidad de ser una casa. Situada en una plaza de modestas dimensiones, su fachada de piedra está agrietada y sus poderosas vigas de madera están carcomidas. De la ventana del balcón del piso superior parpadea una débil luz que proviene de dentro de la habitación; una escuálida vela que no es capaz de salvar a la habitación de la oscuridad en la que la engulle la noche. La vela sólo ilumina un punto de la inmensa habitación: la cara del Anciano que lleva prostrado en cama durante muchos, pero muchos años. El pelo que cubría su cabeza se ha convertido en un ridículo manojillo de pelos blancos y finos, extremadamente cortos y mal dispersados para sacar a relucir las manchas y las arrugas de su cráneo. En su cara no hay ápice de tersidad, ahora todo es flácido, lánguido y arrugado, y también lleno de manchas y carne descolorida y venas saturadas. De sus dientes… el recuerdo de unas encías ennegrecidas. Sus ojos apenas se abren por la falta de músculos sanos en sus párpados, evidenciando en sus comisuras la cantidad de mucosidad que no es capaz de filtrar. Sus están labios secos y agrietados, por la falta de saliva debido a una boca siempre abierta y arenosa, síntoma de unos pulmones que ya no funcionan como deberían. Su estado para siempre el de un dormido que intenta despertar, un comatoso eterno, el de un cuerpo cuyo único sentido en la vida es el de esperar la muerte postrado en la cama. El ama de llaves entra en la habitación y se acerca al Anciano para comunicarle la llegada de un caballero que pregunta por la señorita Hellen. El Anciano pregunta por su aspecto. Pelo largo, capa larga y negra que lo cubre por completo y armado de una espada. Parece que lleva tiempo sin un hogar fijo deambulando por el mundo. Lo hace pasar y el Errante se queda en la puerta.

-¿Has venido a matarme?-pregunta el anciano con el poco aire que puede emitir.

-Busco a una doncella llamada Hellen Keller.

El Anciano empieza a respirar con intensidad y a intervalos de ronquidos. Lo han sacado de su letargo y algo que le invade de emoción está a punto de ocurrir. El Anciano pide al Errante que se siente cerca y éste obedece a la espera de que le indiquen el escondite de la doncella. El Anciano respira intensamente y habla.

-Yo la quería. La quería de verdad y nunca quise que le nada malo le pasara. Era tan inocente, la misma representación de la ternura. Nunca dejaba de reír o sonreír, e iluminaba con alegría toda la casa. Lo hice para protegerla, porque la quería y no quería que nadie le hiciera daño. Sólo quería que se quedara a mi lado, siempre pura, siempre feliz. No quería que el mundo la envileciera. Lo hice porque la quería, la quería tanto.

El Anciano rompe a llorar con ridículas lágrimas. “Bonita forma de excusarse” diría el Errante si supiera realmente de lo que está hablando el Anciano.

-Pero se marchó, y no pude evitarlo. Y cayó sobre mí esta maldición. Me pudro, como todo hombre cuando nace empieza el lento camino hacia la muerte. Pero yo lo siento todos los días. La parca ha hecho de mí su proyecto personal elaborando y diseñando cuidadosamente la dolorosa muerte de cada una de mis células. La muerte ha reservado para mí la muerte más lenta que un hombre pueda imaginar. Quiere que mi muerta sea esperar a la muerte. Acércate a la luz.
El errante se levanta y acerca su rostro a la luz. Su cara es ruda y curtida, cubierta por una dura barba negra mal afeitada. Su ojo derecho está tapado con un parche.

-Enséñame tu ojo-El errante obedece y se retira el parche dejando al descubierto un ojo con una cornea blanquecina tras la cual se esconde una pupila que, frenética y asustada, busca desesperadamente la luz al intuir el calor de la vela.

-Has venido a matarme.-sonríe el Anciano.

-No, no es mi cometido.-Y dichas estas palabras, el Errante se cubre el ojo y sale de la habitación, y sale de la casa para seguir su búsqueda, dejando al Anciano con sus quejidos sin aliento a la espera de la muerte.

jueves, 5 de mayo de 2011

UNA sola HISTORI (La cascada de la Lágrima)

Después de relatos tan largos, vamos a dar un respiro a los lectores con una fina y exquisita narración breve. ¡Qué bonito me ha quedado!

LA CASCADA DE LA LÁGRIMA.

La caída de la cascada de la Lágrima se origina en lo alto de la cordillera central del reino, por la que anduvo la doncella. Su caída es fina como una plancha de metal y perfectamente recta, pero la altura desde la que cae la dota de contundencia. El paso del tiempo hizo que se formará el lago homónimo y la inclinación del terreno dio lugar al río Cola que muere en el sur del país.

Tras la clase de geografía pasamos a la de historia.

Cuando la hermana menor melliza fundó la ciudad del centro del mundo, tan solo era cuestión de tiempo para que acabará siendo la reina del reunido reino, como era lógico. Fue la primera monarca mujer, pero eso es otra cosa. Si recordáis, el problema de la sucesión todavía no estaba resuelto. En esto, la reina (llamémosla ya reina), tuvo 3 hijos, y como era de esperar, los tres fueron mellizos. Algunos dirán que fue por gracia de Dios, y yo digo que también es mala pata, pues tuvo dos chicos y una chica. El mismo esquema que vivió ella con sus hermanos. ¿Es que Dios no tiene en cuenta que nos hace meternos en embrollos importantes, y lo que nos hacen sufrir? Pero bueno, dejemos a Dios a un lado que aquí aún no le veneran.

Tras haber parido a los tres niño y haber reposado un poco, una de sus sirvientas más cercanas , con muy mal ojo por cierto, le planteó así como quien no quiere la cosa la cuestión de la sucesión con las estas buenas nuevas. La reina había sido una sabia gobernadora y lo había demostrado, pero ahora no sabía como resolver el problema pues había leyes más poderosas que ella. El horror del recuerdo de sus consanguíneos la paralizaban y no quería, por nada del mundo, la situación que provocaron sus hermanos; y aún menos iba a permitir que miles de personas padecieran por culpa de sus hijos.

Serena, mandó a todo el mundo salir de la habitación y así obedecieron todos. Esperaron fuera a la espera de alguna noticia de su reina, incluso algunos agudizaban el oído por si podían intuir lo que pasaba dentro. Pero antes de que nadie se enterara de nada, la reina abrió las puertas con uno de los bebés en los brazos. Se sacercóa a su sirvienta y le dijo:

-Ten. Acuéstala.

Después de aquello, la reina abandonó el palacio sin que nadie se lo impidiera. Salió de la ciudad sin que nadie la descubriera y se adentró en las montañas. Su cara permanecía dura e impasible, como si hubiera cobrado toda la valentía antes de una batalla. A cada paso que daba su mente no dejaba de recordar: "Me obligó esta estúpida ley no escrita, no es mi culpa". Paso tras paso, letanía tras letanía llegó a lo alto de una de las montañas de la cordillera central y desde allí susurró. Susurro que el eco de las montañas recordará durante siglos: "...pero los he matado yo". Y una sola lágrima bastó para reconocer lo que había hecho. Una lágrima que al caer al suelo se convirtió en una gran cascada, imagen del gran tormento que fluía dentro de su cuerpo. Ni ella misma, ni el viento, pudieron perdonarse por aquello, y una violenta ráfaga la hizo caer al vacío.

Cuando llegue el momento en que Hellen se encuentre en lo alto de la cascada y tenga que decidir si saltar o no, no habrá viento que la empuje ni ráfaga que la ayude a decidir. Sin embargo el eco de las montañas le recordará: "...pero lo has matado tú".

lunes, 2 de mayo de 2011

UNA sola HISTORIA (5º parte)

Aunque todos los caminos llevan a Roma, estos nunca van en línea recta, o al menos yo nunca he visto uno. Y aunque en este reino la ciudad de Roma no existe, la ley se sigue cumpliendo y no hay ningún camino completamente recto. El camino de los Llorones, por el que ahora camina la doncella, tiene que dar un gran rodeo porque se encuentra de frente con el lago de la Lágrima en su avance hacia la ciudad del centro del mundo. Pero no nos vayamos tan lejos, pues la doncella ha cogido una desviación justo antes de toparse con el lago, y se vuelve a dirigir en dirección a la cordillera. Parece que la doncella nos ha engañado y no se dirige a la ciudad del centro del mundo, o por el camino se lo ha pensado mejor y ha decidido otro destino. Sí, seguramente será esto último, ya que no vayamos a ser mal pensados y creamos que la doncella pretenda engañarnos, pues la doncella no sabe de nuestra existencia espiatoria. Se dirige a la aldea de la Lágrima; llamada así por situarse a escasa distancia de la cascada de la Lágrima, origen del lago del mismo nombre, a su vez inicio del río Cola. Más misterio en los nombres no hay, bueno, sí que los hay, pero como ven los nombres los ponen por cercanía, no les da para más creatividad. Seguramente la doncella se dirige a casa de su tío, el hermano de su padre. Un hombre que se puede describir como un hombre bueno donde los haya, que siempre mantuvo buenas realciones con su hermano mayor y con la familia de éste. El tío de la doncella siempre tuvo un especial cariño hacia ella, ya que tenía aproximadamente la misma edad que sus hijas, y cuando estas dos murieron por una enfermedad, todo su sentimiento paternal se volcó en Hellen.

La doncella se ha adentrado en la aldea a una hora nada apropiada para las escaramuzas. Son las 10 de la mañana, hora en la que el sol ya ha hecho acto de presencia en todas las esquinas de la aldea, y los lugareños llevan un buen rato en sus quehaceres. Hora propicia para chismes, rumores y cotilleos. La doncella golpea con fuerza la aldaba de la puerta pero nadie acude a la llamada. Insiste un par de veces pero el resultado es el mismo. Finalmente, como la "curiosidad" es una de las más fuerte de las pasiones que mueven a algunas personas, la vecina de al lado se asoma por una ventana e informa. El tío es hojalatero, eso ya lo sabía la doncella, y hoy se ha tenido que ir al mercado de la ciudad del centro del mundo a vender sus productos. Volverá por la noche. La vecina también quiere saber quién es la intrusa y que recado tiene que anotar, pero la doncella ya se ha puesto en marcha con la información que necesitaba. La vecina solo arruga el morro y entra dentro de la casa.

Ya vale de la ciudad del centro del mundo, vamos a dar un respiro a la doncella que en verdad se está dirigiendo al lago dando un placentero paseo de unos diez minutos alejándose del curioseo y acercándose al sosiego. Tras dar de mamar a los siameses, operación más complicada de hacer que de relatar, los querubines se quedan dormidos. La doncella aprovecha para darse un baño sin miedo a los mirones ya que está bastante lejos de la aldea. Desnuda su cuerpo blanco y rosáceo dejando la ropa cerca de los durmientes. Primero la punta de un dulce pie hasta la rodilla, poco a poco deja que el agua empape su piel y, cuando roza sus muslos, en un impulso, se sumerge de lleno en el agua. Las ondas se calman y al cabo de unos segundos su pecho se hincha devorando el aire y llenando de vida renovaba sus pulmones. Después de eso, se relaja, y se deja mecer por el orquestado movimiento interno del lago. Dijimos que la doncella era de mencionar, y ahora así, desnuda, con todo su joven cuerpo regalado de lleno al sol, con la carne relajada de preocupaciones, os aseguro que se os quedaría cara de bobos. Pero aún no es momento de hablar de ella, pues otro bobo está a punto de descubrirla.

La doncella ha oído algo sospechoso y se pone en guardia. Un joven pastor de figura endeble curiosea entre las vestimentas de las que se ha despojado la doncella. Por ahora no la ha descubierto y la doncella intenta no llamar la atención. Se maldice por no haberse asegurado bien de la presencia de mirones. Pues sí Hellen, ¿y ahora que piensas hacer? El joven parece que no tiene intención de robar nada, sino tan solo de curiosear y hacerse preguntas, pero entonces descubre a los siameses dormidos. La doncella no puede permitir que algo le pase a los lactantes y sale rauda a la orilla para hacer notar su presencia. Pero Hellen... estás desnuda. No avanza más porque el joven ya la ha visto, y ella ve en sus ojos el brillo que en tantos hombres ha visto antes. Es solo cuestión de segundos que él se avanlace con mal sana lujuria sobre ella, pero la doncella también sabe que la mejor defensa es un buen ataque, y su ropa, sus cosas y sus bebés están junto a su "inocente" agresor; así que corre hacia él y lo besa dejándose al delirio. Al joven le arde todo el cuerpo y fuerza a la doncella contra las incomodas piedras del lecho. El joven aún se enciende más cuando deja caer el peso consistente su sexo contra el de ella y devora con enfermiza ansia sus senos ruborizados; pero es joven, y todavía no tiene mucha destreza en estos juegos perversos, por no decir que no tiene ninguna. La doncella aprovecha la inexperiencia para ganar ventaja, y mientras con una mano acaricia, de manera mentirosa, no os asusteis, la espalda del joven, la otra se desliza entre sus ropajes en busca de algo. Por fin lo encuentra, a tiempo antes de que al joven se le encienda la bombillita del bien saber hacer animal, y saca de uno de los bolsillos de su falda una bolsita de cuero. Con los dedos de una mano la desenrrolla y coge una pizca de polvos que sopla sobre los ojos del joven. Todo termina sin ni siquiera haber empezado. El brillo en los ojos del joven ha desaparecido y se asusta por la imagen desnuda de la doncella debajo de él. El joven corre campo a través alejándose de su pecado que no comprende, olvidándose de sus ovejas que ya vendrá a recoger más tarde. No creo que vuelva a aparecer en el relato.

La noche ya ha caído y la doncella se ha quedado dormida con los niños en brazos, apoyada en la puerta de la casa de su tío. Una mano curtida y peluda la zarandea suavemente hasta que despierta de golpe, asustada. Es su tío, que primero la mira sin entender que hace allí; después de tanto tiempo sin verla y sin noticias de ella, pues el tío nunca supo que se había ido a la ciudad del Suroeste a servir en una casa. Además, lo que lleva en su regazo son dos bebés, que en estas circunstancias siempre te hacen preocuparte por lo peor. Pero luego, cuando reconoce en sus ojos azules la niña que tanto había querido, una amable sonrisa invade su cara.